Neápolis
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Neápolis, que significa «ciudad nueva» en griego, fue un importante puerto marítimo en el mundo antiguo. Situada en la costa norte del mar Egeo, en un tramo de tierra entre dos bahías, sirvió como puerto principal de Filipos, una ciudad situada a unos dieciséis kilómetros tierra adentro. Hoy en día, Neápolis se identifica con la moderna ciudad griega de Kavala. Su ubicación estratégica la convirtió en un importante centro de comercio y actividad militar a lo largo de la historia.
Originalmente, Neápolis perteneció a Tracia antes de pasar a formar parte de la Confederación Ateniense y, más tarde, de la provincia romana de Macedonia. La ciudad desempeñó un papel en la famosa batalla de Filipos en el año 42 a. C., cuando la flota de Bruto y Casio utilizó su puerto. Su importancia continuó en el período paleocristiano, ya que se convirtió en la puerta de entrada para la expansión del Evangelio en Europa.
El acontecimiento bíblico más notable asociado con Neápolis es la llegada del apóstol Pablo en su segundo viaje misionero. En respuesta a una visión en la que un hombre de Macedonia suplicaba ayuda, Pablo y sus compañeros, entre ellos Lucas, zarparon de Troas, hicieron una breve parada en Samotracia y luego llegaron a Neápolis [BIBLE, Hechos 16:9-11]. Esto marcó la primera entrada registrada del Evangelio en Europa. Desde Neápolis, Pablo viajó a Filipos, donde predicó, bautizó a Lidia, expulsó un espíritu de una esclava y fue encarcelado antes de experimentar una liberación milagrosa [BIBLE, Hechos 16:12-40].
Probablemente, Pablo volvió a pasar por Neápolis en su tercer viaje misionero, cuando viajó por Macedonia [BIBLE, Hechos 20:1]. También se habría embarcado desde allí en su viaje final a Troas [BIBLE, Hechos 20:6]. La Vía Egnatia, una importante calzada romana que conectaba el mar Adriático con Bizancio, comenzaba en Neápolis, lo que la convertía en un punto de tránsito natural para los viajeros y misioneros que difundían el Evangelio.
En siglos posteriores, Neápolis pasó a llamarse Cristópolis, reflejando su herencia cristiana. Las pruebas arqueológicas, incluidos los restos de un acueducto romano y las inscripciones, confirman su importancia histórica y bíblica. La conexión de la ciudad con la labor misionera de Pablo pone de relieve su papel en la expansión del cristianismo. Neápolis era más que un simple puerto; fue donde Pablo pisó por primera vez suelo europeo, llevando el mensaje de Jesucristo a un nuevo continente.